
Fuego y esencia (Primera parte)
Por Óscar Flores Martínez
Más que la conmemoración del trigésimo aniversario del nacimiento de una compañía dancística, hoy festejamos la continuidad de un proyecto artístico y cultural en México. En un medio ambiente en donde el anatema de Sísifo parece ser más la norma que la irregularidad, la ardua labor a lo largo tres décadas del Taller Coreográfico de la UNAM (TCUNAM) es reconocida aún más allá de nuestras fronteras. Al escribir sobre esta celebración del TCUNAM, uno puede transitar por el aparentemente fácil camino de las estadísticas: 64 temporadas presentando cada semana dos funciones con asistencia mucho mayor al promedio de otras agrupaciones dancísticas, con programas diferentes a lo largo de nueve meses en dos teatros universitarios. En estos foros han bailado 236 obras de aproximadamente 50 coreógrafos (sólo la obra coreográfica de Gloria Contreras, su directora general y creadora principal, sobrepasará en breve las 150 coreografías), 15 libros publicados, miles de alumnos de todas las edades y profesiones han transitado por las clases impartidas en su Seminario, un considerable número de exposiciones de fotografía, dibujo, pintura, carteles y poesía inspiradas en el trabajo del TCUNAM Gloria Contreras, dínamo y alma indiscutible del TCUNAM, constituye la coreógrafa con el perfil internacional más sobresaliente en décadas recientes. Su obra coreográfica no sólo forma parte de los repertorios de las principales compañías balletísticas de México, sino también de agrupaciones profesionales en Rusia, Estados Unidos, Canadá, Cuba, Puerto Rico, Argentina, Chile y Brasil. Más aún, su producción artística es estudiada a profundidad por diversos investigadores en San Petersburgo y Washington; en tanto que la crítica especializada de Nueva York y Los Ángeles ha externado elogiosos comentarios en medios escritos y electrónicos. Pero este proyecto, que ejemplarmente ha cobijado la Universidad Nacional Autónoma de México, ha tenido que edificarse desde sus cimientos. Habilitando teatros y hasta espacios no convencionales para funciones para danza. Formando una compañía primero básicamente con bailarines extranjeros para poco a poco forjar en el escenario generaciones de bailarines mexicanos de alto perfil profesional, semillero que no sólo nutre la escena balletística sino incluso la danza contemporánea mexicana. Ya que el bailarín del TCUNAM posee un perfil particular. Debe trascender la técnica, ser un artista que no impresione sino que conmueva. Un ejecutante de notoria memoria corporal para asimilar una amplia diversidad de estilos dancísticos y musicales. (Segunda y última parte) La libertad de expresión artística que fomenta la UNAM ha sido la simiente para que el Taller Coreográfico haya conformado uno de los repertorios dancísticos más relevantes de la segunda mitad del siglo XX. Una producción coreográfica rigurosa, de índole humanista; aunque ajena de una doctrina política concreta, sí crítica de su entorno sociocultural. Por momentos cercana a la meditación teológica, en otros impecable abstracción de ritmos y formas. Variedad dentro de la unidad. Multiplicidad en lo superficial de la forma, pero unidad en lo nuclear. Esto explica la coexistencia de obras como Redención, La Consagración de la Primavera, Guantanamera, Redes, Dueto Rasumofski, Sinfonía fantástica, Romeo y Julieta, Danzas para niños muertos, Sólo para un ángel contemporáneo, Adagio k 622, Homenaje a Balanchine, Imágenes del Quinto Sol, Sensemayá, Hora de junio, Opus 32, Vitálitas, Huapango, por sólo nombrar una selección un tanto precipitada y arbitraria del repertorio surgido en estos treinta años. Todo esto explica en parte porqué hoy en día a las funciones del TCUNAM asistan un público considerable. Una función se erige en una experiencia individual tanto como colectiva. Resultado de años de promoción de persona en persona, facultad por facultad, primero para llevar a la comunidad universitaria a ver funciones de danza. El TCUNAM ha rebasado ya los límites universitarios, para atraer al público en general primero en México y después en el extranjero. Además, constituye un fenómeno trasgeneracional y trasnacional pues los jóvenes de ayer llevan hoy a sus hijos, mexicanos radicados en el extranjero aprecian valores en las obras del TCUNAM que a veces pasan desapercibidas para nosotros, públicos de otras naciones reconocen que dentro de un lenguaje dancístico mexicano palpitan valores universales. Con todo, el TCUNAM no es una catedral terminada. Hombres y mujeres dentro y fuera del escenario continúan edificando bóvedas y torres, enriqueciendo este trabajo colectivo en múltiples formas con su aportación individual. A treinta años, el TCUNAM es una prometedora realidad.